¡Cuánto cuento tiene Quiroga!

por Silvia Román Mangas

“Cree en un maestro –Poe, Maupassant, Kipling, Chejov– como en Dios mismo”.

Esta es la primera clave que escribió Quiroga en el Decálogo para el perfecto cuentista. No es de extrañar que un siglo después podamos referirnos a él como uno de los mejores cuentistas. Cuando un escritor bebe de los mejores, su valor se multiplica. ¿Qué hubiese sido de Verlinde sin Goya o el Bosco? O, ¿cómo escucharíamos a Beethoven sin este conocer el eco de Mozart? Y es que Horacio Quiroga no solo los leyó con pasión, sino que los veneró, los puso en su altar personal y, siempre con humildad, intentó imitar su grandeza.

Una de sus obras más importantes fue Cuentos de amor de locura y de muerte. No se vuelvan locos creyendo que falta esa coma entre amor y locura, pues el amor es siempre de locos y nuestro querido Horacio no era una excepción. En esta obra aunó seis cuentos en los que la muerte es la cascada final, pero para llegar a ella, pasa siempre por el río, dejándonos ver los entresijos de una selva plagada de vida. Y como toda vida, no solo está llena de flores y atardeceres… Las drogas, la enfermedad, la perversión, los celos, los remordimientos… A veces aparecen dados de la mano unos de otros, otras veces vienen solos y en carne viva, pero siempre exponiendo la podredumbre de una mente macabra. Una mente maravillosamente oscura en sí misma.

Cuando te sientas a leer a Poe, el aura opaca te envuelve a lo largo del texto. Quiroga, señores lectores, no tiene esa consideración. Con el tono de quien lee un cuento a un niño, nos leeremos hacia adentro con una profundidad casi vomitiva, saboreando las entrañas de cada personaje configurado. Pero como todo artista, para llegar a la gran obra que lo hará pasar a la historia, antes ha debido guardar muchos bocetos en el cajón, y no por estar a cubierto dejan de ser menos importantes. Para llegar a La gallina degolladaEl almohadón de plumas o El infierno artificial, Quiroga tuvo antes que escribir Estabas muerta, Mi palacio de invierno, El ataúd flotante o El juglar triste. Y es que Quiroga, ya decidió su esencia antes de escribir sus cuentos. Quizá le vino impuesta como la muerte a un suicida, como el que desde que nace hasta que muere goza de una vida de sufrimientos y atrocidades, pero la goza escribiendo. He aquí a Horacio Quiroga, que nos deja un legado de cuentos que bien podrían llevar camisa de fuerza en cada punto y final. No se asusten jamás de sus líneas, pero para entender lo que consigue Quiroga en sus cuentos, es muy recomendable que lean antes Los arrecifes de coral. En una simple comparación, sería como empezar a beber tequila para después seguir con absenta. Embriagador desde el primer verso hasta el último capítulo.

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